lunes, 28 de octubre de 2013

Bryan tiene que desaparecer



Es la tarde en el albergue “Hermanos en el Camino”´, en Ixtepec. Una de esas tardes en que a pesar de la rutina diaria, casi minucionsamente estructurda entre horarios para comer, lavar, bañarse, recoger ropa y usar el internet, no se parece a ninguna otra. Aquí cada día cuenta una nueva historia, cada una en su propia danza de fatalidad y esperanza destaca de las demás y rompe la monotonía del eterno presente igual. Ninguna de estas historias se presenta en un gran escenario; todas ocurren en un oscuro rincón, en la sombra del miedo y la vergüenza. Ninguna se agobia, pero todas quieren ser escuchadas, aunque el público sea escaso y los palcos estén vacíos.

Este día Bryan* me contará su historia. Bryan es un migrante que en el camino hacia el norte no anhela nada más que el sur.

Esta tarde me toca ordenar la bodega, donde cada día se reparte ropa a migrantes que llevan puesto apenas lo necesario. El día anterior había llegado una donación de ropa considerable de una parroquia cercana. Zapatos, camisas, blusas, pantalones, gorras y chamarras, todo revuelto, llenan bolsas negras hasta reventar. El caos parece previsible cuando, dentro de una hora, los migrantes hagan fila frente a la bodega. Para evitar eso, hay que ordenar y clasificar las piezas y acomodarlas en las estanterías correspondientes. Un migrante joven, con quien había tratado ya varias veces en estos días, me va a ayudar en esta tarea.

Es tal vez a la mitad del primer costal de ropa, entre una blusa y un pantalón, que le pregunto: “A propósito, ¿cuál es tu nombre?” “Yo soy Bryan”, llega inmediatamente la respuesta. “¿Y de dónde eres?”, quiero saber.

Bryan es de San Salvador. No puedo reprimir mi sonrisa. “¿De San Salvador? Ahí vivo yo también.” Bryan me mira con cara de asombro. Pero cuando le revelo que originalmente soy de Alemania y le aclaro lo que me había llevado a su tierra, empieza a soltarse.

“¿Estás también en camino hacia los Estados Unidos?”, le pregunto y me arrepiento en el mismo instante, conciente de la posible redundancia de la pregunta. “No”, es la respuesta de Bryan. Levanto la vista. “Sólo estoy aquí porque ya no puedo estar en mi país”.

Dejo de un lado la camiseta que estaba a punto de doblar y me siento sobre una bolsa. “No entiendo”. Bryan se saca una sonrisa, se sienta en otra bolsa y empieza a contar su historia.

Bryan lleva ya dos meses viviendo en el albergue “Hermanos en el Camino”. Aquí celebró su cumpleaños número 18, su mayoría de edad, diferente a lo que se había imaginado. Bryan viene de una familia humilde y vivía con su madre, su hermana mayor y el hijo de ella, de dos años, en Mejicanos, un municipio en las afueras de San Salvador. Su hermano mayor, que le lleva por tres años, vive en otro barrio, cerca de ellos.

En los últimos años Mejicanos se ha ido convirtiendo en un foco de la guerra entre las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18. Fue aquí donde en el año 2010 pandilleros asaltaron y prendieron fuego a un microbus de la ruta 47. Catorce personas murieron calcinadas.

Fue aquí donde Bryan creció. Conoce a varios de los actuales pandilleros desde su infancia. Bryan va a la escuela, le falta un año para terminar su bachillerato. Después quiere estudiar ciencias jurídicas para mejorar la situación de su pueblo. Bryan es un joven despierto e inteligente.

Pero las cosas sucedieron de modo distinto al que él esperaba.

Una noche, en su casa, suena el teléfono. Bryan contesta. Del otro lado, una voz masculina, desconocida: “Mirá bicho, o te hacés uno de nosotros o estás muerto. Vos eligís. Ya te volveremos a hablar.” Bryan sabe qué significa esta llamada. Desde hace  varios años, la Mara Salvatrucha recluta nuevos integrantes de esta manera, sobre todo jóvenes de familias pobres y descompuestas.

Muchos jóvenes de la edad de Bryan se unen a las pandillas. En ellas ven la única posibilidad para escapar del círculo vicioso de la pobreza. En la Mara encuentran reconocimiento, seguridad e identidad.

Bryan no quiere ser pandillero. Eso sí lo tiene muy claro. Quien entra a una pandilla tiene que asesinar, extorsionar y violar y tarde o temprano encuentra la muerte segura. Cuelga el teléfono y se acerca a la ventana. Respira hondo.

Esta noche no habla con nadie de lo sucedido. Casi no duerme, piensa y tiene pesadillas. La mañana siguiente busca a su hermano para contarle todo. Los dos saben muy bien que la Mara nunca se queda con amenazas incumplidas. Demasiados son los jóvenes de su barrio que dieron su vida en los últimos años.

Bryan tiene que desaparecer. Pero ¿a dónde? La Mara tiene sus ojos por todos lados. Gracias a una densa red de contactos y un sistema de comunicación que es la envidia de cualquier servicio de inteligencia, las pandillas detectan a sus enemigos hasta en el último rincón del país. Y quien no está de su lado automáticamente es su enemigo. Bryan no tiene opción, tiene que salir del país.

Su hermano una vez ya había emprendido el camino hacia el norte y de ahí conoce tanto al albergue “Hermanos en el Camino” como al padre Alejandro Solalinde. Ahí Bryan estaría seguro por un tiempo. Ahí le ayudarían. Bryan habla con su mamá sobre lo sucedido. Aunque le duele en el alma, ella tampoco conoce otra opción.

No queda tiempo para grandes despedidas. La Mara no se puede enterar de los planes de fuga. Bryan solo mete lo necesario en su mochila: ropa, un poco de dinero, una foto de su sobrino pequeño. La mañana siguiente sale hacia México, junto a su hermano. Éste ya conoce los peligros del camino y lo acompañará a él, un menor de edad que sale por primera vez de su país, hasta Ixtepec.

Bryan deja atrás a su familia, el barrio en el que se crió, sus amigos, su país. Está huyendo, pero ni siquiera le queda tiempo para reflexionar sobre eso. En bus atraviesa El Salvador y Guatemala, en balsa cruza la frontera de México, como indocumentado. Ahí le esperan largos días y largas noches de caminatas forzadas por el sur mexicano, tierra de nadie. Luego el tren, ”La Bestia”. Como por milagro, dos semanas más tarde Bryan llega agotado pero ileso a Ixtepec.

Aquí es acogido con cariño, es escuchado. Pocos días después, con el apoyo de los voluntarios del albergue, Bryan puede solicitar asilo de refugiado en el estado mexicano de Oaxaca. El trámite tardará meses y mientras tanto Bryan no puede salir del estado. Le da igual pues ¿a dónde iría? No conoce a nadie en este extraño país.

Bryan abre una nueva bolsa negra y acomoda los pares de tenis usados en la estantería. “Lo peor es que tal vez jamás podré volver a mi país y que no sepa si volveré a ver a mi familia algún día.” En su voz se nota desilusión. “Quería terminar la escuela y luego estudiar en la universidad. Pero todo se dio diferente, de la noche a la mañana. Extraño mucho a mi familia. Aquí me siento vacío, extraño. No puedo hacer nada, sólo esperar.”

Sin embargo, hablar de “no hacer nada” no va con Bryan. El joven migrante ayuda en lo que puede. Durante largas horas apoya a la doctora, quien, ya jubilada, cura los pies heridos y otros males de los migrantes de manera voluntaria. Bryan también echa mano en la construcción de una segunda planta del dormitorio de las mujeres y, como esta tarde, colabora ordenando la ropa que llega frecuentemente a la bodega.

Las hermanas religiosas que apoyan en el albergue contactaron a una familia en el norte de México. Ahí Bryan posiblemente podría ir a vivir, apenas se apruebe su solicitud de refugio. Ahí podría concluir su bachillerato y seguir estudiando.

La historia de Bryan una vez más me deja sin palabras. Es un joven que de repente y violentamente es arrancado de su entorno familiar, que  tiene que dejar todo atrás, su familia, sus amigos y sus sueños. Pero Bryan no se rinde. Está lleno de esperanza. Ya una vez por poco se salvó de la muerte. Ahora está dispuesto a darlo todo por la vida y por su futuro.

Sólo me queda admirar profundamente la valentía y la fuerza de voluntad de Bryan. Él mismo sabe que aún quedan muchos obstáculos que superar hasta que su vida algún día vuelva a una normalidad. Pero estoy convencido de que lo logrará.

La historia de Bryan no es un caso único. Son incontables los jóvenes que cada día amanecen en la mira de las maras de El Salvador, Honduras o Guatemala. Muchos se pierden en sus garras o encuentran la muerte, que al final es lo mismo. Muchos no tienen el valor de Bryan y no tienen una familia que los apoye y llore por ellos. Muchos dejan día tras día su país, huyendo hacia una vida sin violencia, sin miedo.

*Por motivos de respeto y protección, el nombre del joven migrante fue cambiado por el autor.




domingo, 29 de septiembre de 2013

Pa´l Norte – Buscando vivir



Son las 5:30 de la mañana y me quiero quitar el sueño de los ojos mientras estoy esperando en la fila de la taquilla en el ‘Puerto Bus’ de San Salvador. Detrás mío están esperando también dos jóvenes, tal vez de mi edad. Me toma un rato darme cuenta que uno de los dos es mujer. Es de complexión delgada y lleva un suéter oscuro con capucha. Su cabello está corto, casi rapado. Los dos visten ropa cómoda y discreta, traen tenis y en la espalda cada uno carga una pequeña mochila. La chica mira de un lado a otro, parece nerviosa e intercambia algunas palabras con su compañero.
El viaje en el bus directo de San Salvador a Tapachula, en Chiapas, en el sur de México, me cuesta 42 US$. El trayecto dura nueve horas. Ya sentados en el bus, Fide, una joven religiosa que ya tiene tiempo trabajando en el proyecto en México y a quien acompañaré en este viaje, me señala sin mucha vuelta: “¿Viste a los dos detrás de ti? Ellos son migrantes.” Púchica. Se me seca la garganta. Al parecer la historia que me llevará al norte ya comienza aquí.

Éxodo hacia la esperanza
Son casi 4000 kilómetros y tres fronteras las que dividen El Salvador y Estados Unidos de América. Sin embargo, el imperio está omnipresente en la cotidianidad salvadoreña. De eso me doy cuenta, de la manera más inmediata quizás, cada vez que al pagar en la pupusería mi mirada recae sobre la Estatua de la Libertad, acuñada en la moneda del dólar. Desde el año 2001 el dólar americano es la moneda oficial en este pequeño país centroamericano. Pero eso no es todo. Los anuncios gigantescos de McDonald´s, Burger King, Pizza Hut y Wal Mart ya por mucho tiempo son parte inseparable del panormama urbano de San Salvador. Coca Cola controla una gran parte de las reservas de agua potable de El Salvador y la Escuela Americana es la más prestigiosa del país.
Sin embargo, las interrelaciones van más allá, son más profundas. Es un hecho que practicamente toda familia salvadoreña tiene algún  familiar en EU. Según cálculos recientes, un aproximado de 3 millones de salvadoreños vive en Estados Unidos. Esto corresponde a la tercera parte de la población de El Salvador. Quien se va al extranjero, por general busca trabajo, un recurso que o es escaso en el propio país o es tan mal pagado que no alcanza para cubrir las necesidades básicas de la familia.
Esto se refleja de manera significativa en la economía del país. En el año 2012 alrededor de 2 billones de dólares fueron remitidos a El Salvador desde el norte. Las remesas constituyen un 16% del PIB salvadoreño.
La mayor parte de los migrantes llevan ya muchos años viviendo en EU. Llegaron como refugiados por las guerras civiles en las décadas de los 70 y 80 a los centros hispanos de Los Angeles, Houston, Miami o Nueva York. Sin embargo, hasta la fecha, cada día cientos de centroamericanos emprenden el camino hacia el norte. Alrededor de 140,000 por año.
Estas cantidades toman dimensiones de un éxodo. El flujo migratorio de América Latina a Estados Unidos es el más grande del mundo y posiblemente el más grande en la historia de la humanidad. Aunque semejante desplazamiento humano es imposible de encubrir, los grandes medios de comunicación y los gobiernos de todos los países involucrados justamente eso intentan hacer. Es una realidad que incomoda y hace surgir preguntas:

¿Cómo logra llegar una cantidad tan inmensa de migrantes a EU?

¿Quiénes son esas personas, que dejan todo atrás y emprenden el camino hacia la incertidumbre?

¿Qué es lo que los mueve?
Yo también emprendí el camino hacia el norte, pero para buscar respuestas, para comprender. Lo que encontré fueron historias increíbles y más preguntas que respuestas.

Sin papeles, ruta imposible
En el bus pasan comedias de Hollywood y ya hemos dejado atrás la ciudad de Guatemala. Pasando por las incesantes milpas que cubren como una alfombra de mil retazos las montañas guatemaltecas, seguimos más y más hacia el norte. Unas horas después, el bus se detiene bruscamente. El conductor se voltea y se dirige a sus pasajeros con voz firme: “Todos los que no van hasta la frontera, ¡bájense aquí!”.
La pareja de jóvenes se pone las mochilas a toda prisa y se baja del bus sin echar ni una mirada atrás. Su viaje no termina en este punto. Más bien aquí es donde empieza. Si los dos jóvenes salvadoreños algún día habrán llegado a los Estados Unidos no lo puedo decir. Jamás los volveré a ver.
Sólo pocos minutos después llegamos al puesto fronterizo El Carmen. Me pongo en la fila de los demás pasajeros. Paso el control de aduanas, lleno un formulario, recibo el sello migratorio en mi pasaporte alemán y estoy en México. Los centroamericanos no la tienen tan fácil. Quien quiere entrar a México necesita una visa, la cual es muy difícil de obtener y para quien no dispone de muchos recursos económicos es prácticamente imposible. Por esta razón a la mayoría de los migrantes centroamericanos no les queda otra alternativa que “desaparecer” en este punto del viaje.
Doy mis primeros pasos en tierra mexicana. Son pasos de emoción por haber llegado finalmente a este México. Son pasos de curiosidad por lo que traerán más adelante. Pero en estos pasos se mezcla también una amargura. Es la amargura de la vergüenza, por ser alemán, por todo este mundo tan desigual, injusto y hostil; vergüenza porque aparentemente no puedo hacer nada, sólo caminar bajo este sol ardiente mexicano.
En el lugar donde el bus suele dejar a los migrantes antes de llegar a la frontera, ya los esperan los microbuses que los llevarán a los puntos ciegos por un precio exorbitante. Ahí podrán cruzar el río en balsas provisionales para así llegar a México. Todo el mundo lo sabe. A lo largo del tiempo se ha desarrollado una verdadera infraestructura alrededor del tránsito indocumentado. Entre taxistas, dueños de balsas, coyotes y oficiales corruptos cada quien quiere recibir su pedazo de la torta.
Una vez en México, la mayoría de migrantes continúan su viaje agazapados encima de los trenes de carga, cuya red atraviesa miles de kilómetros por todo el país de sur a norte. El viaje en el tren es peligroso. No sólo son el calor despiadado y el frío paralizador del desierto mexicano que dificultan el trayecto. Los migrantes tienen que procurar permanentemente no ser descubiertos por los agentes de migración y, además, en los últimos años más y más caen en manos del crimen organizado, cárteles de narcotráfico, traficantes de personas, sicarios y pandillas. Muchos migrantes jamás llegan a su destino. Muchos jamás vuelven a ver a sus familias. Tomando en cuenta todo esto, no sorprende el nombre que los migrantes le pusieron a su tren: “La Bestia”.
La red vial de "La Bestia"

Miles de migrantes atraviesan cada día México encima de trenes de carga


Poco después de cruzar la frontera llegamos a Tapachula, una ciudad de provincia, austera y nublada. Aquí esperamos la siguiente conexión a Ixtepec, el destino final de este viaje, ubicado alrededor de siete horas más al norte en el estado de Oaxaca. Es cerca de la medianoche cuando dejamos atrás Tapachula en un bus moderno y climatizado. Apenas salimos de la ciudad, el bus se detiene. Se abre la puerta y sube una oficial del Instituto Nacional de Migración. Control de pasaportes. Con cara seria examina mi sello de entrada. Continuamos el viaje.
Sólo pocos minutos despúes, otro retén: un puesto del ejército. Dos militares armados pasan por los asientos mirando a cada uno de los pasajeros, callados todos, y luego bajan. Una hora más tarde el bus para nuevamente. Se les exige a los pasajeros bajarse del bus y recoger su equipaje. En medio de la nada, un retén de la aduana. Unos cien mexicanos y media docena de extrajeros, medio dormidos, hacen cola, mientras que los agentes de aduana examinan cada maleta con aparatos que usualmente se ven en los aeropuertos, buscando drogas, armas y sabe Dios qué más.
Cuando llegamos a Ixtepec temprano esta mañana, casi sin dormir, había pasado por siete retenes: de la policía federal, los militares, la aduana, los agentes de migración. Sobre algo no tengo duda esta mañana: para alguien que emprende este viaje sin documentos, esta ruta es imposible.

El Albergue “Hermanos en el Camino”, una casa de migrantes
Ixtepec sería una ciudad pequeña y tranquila, casi adormecida, en la llanura del Istmo de Tehuantepec, nada más y nada menos. Sin embargo, su ubicación estratégica entre el Océano Pacífico y el Golfo de México y el ser un punto crucial del sistema férreo, lo convirtieron en un centro de operaciones del crimen organizado. Cárteles, traficantes de personas, sicarios, en Ixtepec todos tienen su sucursal y acechan como lobos hambrientos en medio del flujo interminable de los migrantes provenientes del sur.
En la periferia de Ixtepec, apenas a pocos minutos de la estación del tren y topando con las vías férreas, encontramos el albergue “Hermanos en el Camino”. La casa para migrantes funciona desde el año 2007. Desde entonces miles de mujeres, hombres y niños de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Cuba, Haiti, América del Sur e incluso de la India y África han encontrado refugio en este lugar. Aquí es donde también yo viviré y trabajaré durante las siguientes tres semanas como voluntario durante mis vacaciones de la universidad.
Recíen llegado queda poco tiempo para descansar. El fuerte y largo silbido de una bocina rompe el silencio de esta mañana. “El treeeen...”, se escucha la voz de alguien desde el dormitorio de los hombres. Instantes después, un gran alboroto en el patio. Todo se prepara para la llegada de los nuevos. Vuelve el sonido de la bocina y de repente aparece, bajo el cielo nublado de la mañana, “La Bestia”. Gimiendo se empuja a sí misma, metro por metro hasta el portón trasero del albergue y expone a la vista del espectador los bultos de personas amontonadas arriba de los vagones. En el primero vienen unos cuantos, en el segundo como 15, luego 30, 50, 80, cuerpo a cuerpo.
Esta mañana son alrededor de 800 los migrantes que llegan a Ixtepec. Eso es más o menos el promedio de la temporada. En temporada navideña son muchos más, me explica Fátima, voluntaria que ya tiene más de un año trabajando en el albergue. En esa época del año la cobertura de los puestos de policía y migración es menor y así las posibilidades de pasar hasta el norte son mucho mayores.
Un crujido de acero, que me estremece todo el cuerpo, corre a lo largo del tren y “La Bestia” se detiene. Los bultos se empiezan a disolver. Uno tras otro bajan los travesaños de los vagones hasta pisar los rieles. En el portón son recibidos por tres policías, encargados por el estado de Oaxaca de garantizar la protección del albergue.
Instituciones como el albergue “Hermanos en el Camino” en Ixtepec, que velan por los migrantes, se mueven en territorio crítico y tienen muchos enemigos. Cada persona que entra al albergue es revisada y examinada minuciosamente. Armas de fuego, cuchillos y drogas son prohibidas. Los migrantes incluso tienen que entregar sus celulares, ya que en el pasado se dieron casos de llamadas anónimas, extorsiones y amenazas contra ellos.
La cara de "La Bestia"

Llegando a Ciudad Ixtepec

Enfrente del edificio central del albergue está el padre Alejandro Solalinde, fundador del albergue, quien recibe a los migrantes. Entre los migrantes el sacerdote es simplemente conocido como “el padre”, pero es uno de los defensores de los derechos humanos más comprometidos en todo México. Su compromiso va mucho más allá del trabajo con los migrantes. Donde sea que empresas transnacionales junto a autoridades corruptas expulsan a comunidades indígenas de sus tierras, Solalinde no se calla. Se reune con los más altos mandos políticos en la Ciudad de México para exigir una reforma migratoria y viaja a diestra y siniestra por el país para concientizar a la gente sobre las desgracias que está sufriendo una gran parte del pueblo.
Esta labor para nada encuentra sólo admiración y apoyo en los diversos sectores de la sociedad. Varias veces el cura fue amenazado de muerte. Tanto para los políticos de alto rango como para el crimen organizado, los cárteles y traficantes de personas, su trabajo es un estorbo. Por eso es que desde hace un tiempo el padre Solalinde no puede dar ningún paso sin la compañía de sus dos guardaespaldas, dos policías federales.
“El padre” les da la bienvenida a los migrantes personalmente. “Esta es su casa. Descansen y recuperen fuerzas para el camino.” Con estas palabras se dirige a los hombres, las mujeres y niños cuyas caras están marcadas por el hambre, el cansancio y el miedo de los días y semanas anteriores. Todos pueden permanecer hasta tres días en el albergue, luego hay que hacer sitio para los que siguen.

P. Alejandro Solalinde


Aquí los migrantes reciben una comida caliente tres veces al día, se pueden bañar, lavar su ropa y descansar. Los que llegan sin nada reciben zapatos y ropa, provenientes de donaciones que llegan al albergue frecuentemente. Una doctora jubilada brinda, de modo voluntario, un nivel básico de atención médica. De vez en cuando llegan equipos de Médicos Sin Fronteras. Aparte de cubrir sus necesidades más básicas, los migrantes también reciben asesoría legal e información sobre derechos humanos. Todo esto es posible por el esfuerzo del padre Solalinde y de cuatro religiosas, apoyados por varios voluntarios que, algunos por más tiempo, otros por menos, colaboran con el albergue.
Antes de pasar al tan esperado desayuno, todos los recién llegados son registrados. Se les toma una foto, se anotan sus datos personales y se hace una breve entrevista para tener cierto conocimiento sobre quién entra al albergue y cómo le ha ido a cada uno en su camino. Esa información se sube a la red nacional de todos los albergues y sirve más que nada para la protección de los migrantes. De este modo es más fácil, por ejemplo, en un caso de desaparición, tener información sobre el último paradero de la persona. Así los hombres y las mujeres dejan su nombre y su historia como una huella en el anonimato del camino.

Elsy tuvo “suerte”
Esta mañana a mi me toca tomar las fotos y es aquí donde me encuentro con Elsy, una joven hondureña de más o menos 20 años. Elsy viaja acompañada por su esposo y su hermano. Sus tenis blancos no sobrevivieron la caminata forzada de varios días por los cerros y bosques del sur mexicano. Sus pies están hinchados y llenos de ampollas. Trae lo que lleva puesto, un pantalón de malla azul y una blusa negra. La mochila pequeña en la que llevaba su ropa para cambiarse, sus documentos y algo de dinero se la quitaron hace ya algunos días unos ladrones en el camino.
Si bien oculta lo más que puede el hambre y el cansancio, percibo en su preciosa cara y en sus profundos ojos negros un terror desnudo. Según me cuenta un pandillero se le había acercado el día anterior antes de subirse al tren en Arriaga y la había amenazado con violarla durante el trayecto. Catorce horas duró el viaje de Arriaga a Ixtepec. Elsy no cerró ni un ojo en toda la noche por ese terrible miedo. Elsy tuvo suerte, la amenaza no pasó de ser sólo eso. Muchas mujeres y niñas cada día son violadas y asesinadas de manera bestial a lo largo del camino. Quien opone resistencia es tirada del tren y descuartizada por “La Bestia”.
Elsy está al borde de un ataque de nervios. Las lágrimas llenan sus ojos. Piensa en su hija de tres años a la que tuvo que dejar en Honduras. Ya no quiere avanzar más y mucho menos en tren. Elsy sabía que el camino iba a ser peligroso, pero no se había imaginado una pesadilla como esta. Pero ¿qué le queda? A pesar de que viene de una zona bastante turística en la costa caribeña de Honduras, trabajo allá no hay. Su esposo y ella lo habían intentado todo. Además la violencia en las calles es cada día más. Honduras hoy es el país con la tasa de homicidios más alta en el mundo.
Elsy y sus acompañantes ya no tienen ni un peso en el bolsillo. Lo que no les robaron tuvieron que pagarlo en el tren a cambio de su vida. Es la cuota.
“Estamos con vida, gracias a Dios. Eso es lo único que importa”. En la voz de Elsy se mezclan desesperación y esperanza. Con un gesto de agradecimiento recibe el cepillo de dientes y el pedazo de jabón que yo le alcanzo. Ahora a los migrantes les espera un plato caliente de comida, una cama con colchón y tres días de descanso. Tal vez uno que otro logrará aquí, por un breve instante, olvidar las penas y preocupaciones del camino.
La historia de Elsy me impacta. Sin embargo, pronto me daría cuenta que sólo es una entre muchas, ninguna menos trágica, muchas aún más. Empezaría a comprender qué es lo que mueve a las personas a emprender ese camino deshumanizante. Ahí está la historia de Bryan, un joven de 18 años que ya tiene varios meses de estar en el albergue y no anhela nada más que estar junto a su familia en El Salvador. Está también la historia de Antonio, un joven guatemalteco cuya casa ya desde hace 13 años es el camino. Me enteraría de que no todos los policías son corruptos y que las preguntas más fáciles son las más difíciles de responder.






Colectivo estudiantil SomosTutal al aire en la radio YS UCA



El ciclo pasado formamos entre varios compañeros el colectivo estudiantil SomosTutal. 

TUTAL significa “Nuestra Tierra” en Nahuat, la lengua olvidada de nuestras abuelas y nuestros abuelos. Somos jovenes convencidos de que TOD@S somos Nuestra Tierra y que por eso debemos cuidar y defenderla.

Todo ser vivo tiene el derecho a vivir en dignidad. Sin embargo, nos dimos cuenta de que las condiciones económicas actuales tanto aquí en El Salvador como en todo el mundo favorecen a una minoría pudiente que está desangrando a las mayorías populares y a los ecosistemas de cuales dependemos todos. Creemos que otro mundo es posible y esa utopía es el motor de nuestra lucha.
Lucha en que la conciencia pública es nuestra bandera y nuestro arma es la creatividad.

El sábado 21 de septiembre del 2013 tuvimos la oportunidad de compartir nuestras ideas en el Programa "Por Dentro" de la radio YS UCA. Disfrutamos mucho compartir en aquella noche visiones y experiencias con gente de todo el país y el exterior (Honduras, México, Guatemala, Canadá etc.) y poner la música de nuestra resistencia.
Aquí está el audio completo de nuestra sesión radiofónica.

--> SomosTutal en Por Dentro YS UCA




 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Zero alternativas.


YO:    Ey Jaimito ¿qué ondas?

JAIMITO:    Al suave ¿y vos? ¿Adónde vas tan de prisa?

YO:    Ahh por nada. Sólo voy pasando por el local electoral para dejar mi voto. Sabés hoy tenemos elecciones generales en Alemania.

JAIMITO:    ¡No jodás! ¿Y ahí Uds. Pueden elegir la Alemania que Uds. quisieran tener? ¿Qué vas a votar vos?

YO:    No sé todavía. Pero al final no importa. Igual no va a cambiar mucho. Según mi cancillera Angela Merkel la situación actual en Alemania es “zero alternativas”.

JAIMITO:    ¡Puchica! Aquí nosotros bien te entendemos. En nuestro país pasa lo mismo. Quien exige alternativas, es torturado. Quien se organiza en sindicatos, es despedido. Quien no tiene dinero, no existe.

YO:    No. No. Jaimito no me estás entendiendo. En Alemania vivimos en una democracia. Todos tienen el derecho de expresar libremente su opinión. Todos los niños pueden ir a la escuela y quien se queda sin trabajo recibe apoyo del estado. La economía está en un auge. Alemania es campeón mundial de exportaciones. A la gran mayoría de alemanes les está yendo muy bien. Eso nadie quiere cambiar. Bien, con zero alternativas pues.

JAIMITO:    Que raro. La Alemania que nosotros conocemos aquí es bien diferente. Mi mamá trabaja ahí en una maquila. Ella es costurera. Cose etiquetas en abrigos de invierno donde dice “Hecho en Alemania”. En tu Alemania debe hacer bastante frío. El estado no la apoya a mi mamá. Cuando quiere ir al baño, le gritan. Cuando no trabaja lo suficientemente rápido le descuentan una parte del sueldo. Eso tiene que ser así, dice su jefe. Las empresas alemanas ejercen presión sobre los precios. Economía de libre mercado, creo que llaman eso. Ella debe estar contenta por tener trabajo, dice. Pues eso tiene de sobra, 16 horas al día.

YO:    Qué triste eso, Jaimito. Pero ánimo, seguro cambiará pronto. En Alemania esto es una gran excepción.

JAIMITO:    Pues en nuestra Alemania no lo es. Mi papá trabaja en la mina de oro que hace varios años abrió atrás de nuestro pueblo. Antes él era campesino, pero un día llegaron hombres con uniformes negros y fusiles grandes y nos quitaron la tierra a nuestra familia. Dijeron que podíamos trabajar en la mina. Es buen trabajo y trae el desarrollo, dicen. El negocio del oro prospera como nunca en el mercado global. Tiempos de crisis, dicen. En verdad se han desarrollado muchas desde que llegó la mina. Mi papá sufre de asma por culpa de los metales pesados con los que trabaja cada día en la mina. El río en el cual antes nos bañábamos y pescábamos ya no tiene más peces pero a cambio el agua tiene un color amarillento bien gracioso. Muchos de mis compañeritos tienen rochas raras en su piel y el maíz que cultivábamos antes por mi casa ya no crece porque las inundaciones cada vez más frecuentes ya se llevan las semillas.

YO:    De verdad lo siento Jaimito, pero esto es imposible que sea Alemania.

JAIMITO:    ¡No, sí, estoy seguro! En la entrada de la mina dice en letras grandes sobre un cartel: Deutsche Bank – Passion to Perform.

YO:    Hmmm... pero entonces ¿por qué no mandan una queja al gobierno regional o van a la calle a protestar como nosotros frente al parlamento?

JAIMITO:    Es que las autoridades ni nos escuchan y... protestar... [Jaimito suelta un sollozo] Tuve un hermano mayor. El fue con muchos otros hombres y mujeres de mi pueblo a la calle a reclamar pacíficamente nuestros derechos. Lo mataron con una ametralladora, marca Heckler & Koch, Made in Germany. Eran nuestros policias, entrenados de un equipo especial de la policía federal alemana, para consolidar la paz.

YO:        Jaimito, de verdad no sé que decirte. Por lo menos más adelante podrás aprender una buena profesión o estudiar en la universidad para luego cambiar la situación en tu pueblo. Esforzáte nomás en la escuela y verás.

JAIMITO:    Ya van como tres años que no voy a la escuela. Tengo que cuidar a mis hermanos chiquitos y trabajo aparte en el mercado lustrando zapatos. Así por lo menos nos puedo ganar un almuerzo caliente. Igual, la próxima escuela secuandria está como a dos horas de mi pueblo. Nuestro estado no tiene dinero para construir más escuelas y darnos buenos profesores. Tu Alemania y otros países le exigen crecimiento económico a nuestro gobierno para así por lo menos poder pagar los intereses de lo que les debemos. Deuda externa creo que se llama esto. Mi papá dice que esta deuda es injusta. Uds. tampoco nos devolvieron lo que nos habían robado en el tiempo de las colonias y en tantas guerras. Pero si dice eso a voz alta, vienen a llevarlo.

YO:    Jaimito, estas son cosas terribles que me estás contando. Que raro que esto sea Alemania. Ha de ser un rinconcito bastante apartado del resto del país, si bien es cierto que jamás en mi vida me había enterado de esto. En las noticias no se escucha nada así y los políticos solo hablan de reformas fiscales y de fondos de rescate para bancos. ¿Dónde exactamente queda esa su Alemania?

JAIMITO:    Nuestra Alemania está en las minas del Perú, en las trincheras del Congo, en las plantaciones de aceite de palma de Bornéo y Sumatra. Manda en las maquilas de Bangladesh y El Salvador y pasta en los ranchos ganaderos de Brasil. Sin embargo, nuestra Alemania está también bien cerca de vos. Circula a velocidad máxima en tus autopistas, vibra en tu bolsillo al recibir una llamada, te calienta en invierno, descansa en las cajas fuertes de tus bancos y te espera en las estanterías de tu supermercado. Está ahí, pero no lo querés ver. Muchos de los nuestros empiezan a preguntarse, ¿adónde irá todo lo que antes estuvo por aquí? Si aquí de repente hay tan poquito, debe haber un lugar donde hay mucho. Se van a buscar tal lugar. Otros no quieren dejar su tierra, pero no se pueden quedar, porque aquí no hay nada para ellos. Ellos llegan todos los días a tu Alemania. Llegan cientos, miles, en valsas provisionales por el mediterráneo, con traficantes de personas, desde el este, a pie. Están ahí, pero no los querés ver.
Si ahora lo voy pensando bien, creo que tenés razón. Esta Alemania es de “zero alternativas. Nosotros no tenemos elección...

Nosotros sí tenemos elección, cada día.
¡Asumimos nuestra responsabilidad, cada día!
¡Démosle una voz a Jaimito, cada día!